Recuerdos de un verano

Cuando pierdo las fuerzas para crear, entro en un bucle de bloqueos. Estos bloqueos se materializan en mí a través de dolores físicos que a veces me paralizan.

Soy una persona con una actividad mental muy fuerte y si no consigo ponerle freno, puede llegar a absorberme. A principios de ese verano yo estaba en ese punto.

Todos tenemos un limite y yo había llegado al mío.

Ya no podía continuar sumiéndome en la angustia y la ansiedad. Si hay algo que me motiva a seguir adelante es sentirme libre de cargas.


Decidí marcharme de la ciudad. Necesitaba conectar con la naturaleza. Ella es mi fuerza y la que me ayuda a reencontrarme.

Me fui a la playa y los primeros días fueron muy duros. Me bajó el periodo con fuertes dolores y no tenía fuerzas para moverme. Sabía que toda la carga que llevaba encima también acentuaba el dolor.

Tuve la opción de quedarme en casa pero decidí bañarme en el mar cada día. Me calmaba y me revelaba cada vez más mis bloqueos.


Recuerdo que el primer día, mi cuerpo estaba contraído e hinchado. Me pedía que me quitara mis prendas, no le dejaba respirar. Pero era incapaz de hacerlo por vergüenza a todos los que estaban allí con sus bañadores.


Entonces vi a una chica haciendo topless y algo ocurrió en mí. Me di cuenta de que mis miedos me estaban robando la libertad.

Hasta el momento siempre había trabajado mi desnudez a través de la fotografía y el video, en entornos más íntimos y sin público. Pero me di cuenta de que necesitaba trabajarlo también en mi vida privada, sin preocuparme por si otros me veían.


Aquella chica me había inspirado a dar el primer paso. Me quité el top del biquini y sentí como me quitaba un gran peso de encima.


Decidí retarme. Trabajaría mi desnudez cada día un poco más, quitando capa tras capa, haciendo de ello un juego, ya que no hacía daño a nadie.

Cada día me atrevía hacer algo totalmente diferente.

Trabajé mi desnudez tanto en la playa como en la ciudad.

El primer día que me quedé totalmente desnuda en la playa, lo tuve que hacer en una zona apartada, aun oculta a los ojos de los demás, porque no era una zona nudista (aunque así, hubo gente que me vio). Aproveché para hacerme una sesión de fotos en la que busqué la conexión con mi entorno. Sentí todo el amor que la naturaleza me daba.


Al día siguiente, el universo quiso que, sin planearlo, acabara en una playa nudista, allí por fin pude saborear la libertad absoluta de mi desnudez.

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