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El valor de nuestro tiempo juntos

4 abr 2025
3 min de lectura

Actualizado: 2 sept

Cuando alguien me propone compartir una experiencia, hay algo que me gustaría que comprendiera desde el principio: el tiempo que compartimos es solo una parte de mi implicación. Esta comienza mucho antes de encontrarnos y no termina exactamente cuando nos despedimos.

Cada encuentro requiere tiempo, preparación, atención y una parte muy personal de mí.

Antes de conocernos, me gusta descubrir un poco sobre la persona que tengo delante. Saber qué le ha llevado hasta mí, qué imagina, qué desea compartir y qué espera de nuestro tiempo juntos.

También disfruto preparándome para la ocasión. Elegir qué ponerme, cuidar mi imagen, pensar en el lugar al que iremos o simplemente disponer del tiempo necesario para llegar a nuestro encuentro tranquila, presente y con ganas de descubrir qué puede surgir entre nosotros.

Pero probablemente lo que más valoro comienza cuando finalmente estamos frente a frente.


Cuando decido compartir mi tiempo con alguien, intento estar verdaderamente presente. Para mí, una experiencia no consiste simplemente en estar juntos durante un determinado número de horas. Consiste en prestar atención a la persona con la que estoy, descubrir su manera de comunicarse, entender sus límites, percibir aquello que le hace sentirse cómoda y dejar espacio para que la conexión encuentre su propio ritmo.

Puede que compartamos una cena, una conversación, un viaje, un espectáculo, un momento de intimidad o varias de esas cosas a lo largo de nuestro encuentro. Sea cual sea el plan, quiero que podamos sentirnos cómodos siendo nosotros mismos.

Me parece especialmente importante que la persona que está conmigo pueda expresarse sin miedo a sentirse juzgada por quién es, por aquello que le atrae o por lo que siente curiosidad.

Eso no significa que todo tenga que encajar entre nosotros ni que todos los deseos tengan necesariamente que formar parte de nuestra experiencia. Significa algo mucho más sencillo: podemos hablar de ellos con naturalidad y respeto y, a partir de ahí, descubrir qué queremos compartir.

Con los años he aprendido que una parte importante de lo que puedo ofrecer nace precisamente de mi capacidad para adaptarme a la persona que tengo delante sin dejar de ser yo misma.

Cada persona despierta algo diferente.

Una conversación puede llevarme a descubrir una forma de pensar que desconocía. Una personalidad puede despertar mi curiosidad. Una mirada puede cambiar por completo la energía de un momento.

Por eso no me interesa imaginar dos encuentros exactamente iguales. Prefiero dejar espacio para que cada experiencia adquiera su propia personalidad.

Creo que ahí reside también parte de su belleza: podemos imaginar muchas cosas antes de conocernos, pero siempre habrá una parte que solo podremos descubrir cuando estemos frente a frente.

Y quizá sea precisamente por todo esto por lo que valoro tanto mi tiempo.

Detrás de cada encuentro existe mucho más que las horas que finalmente compartimos. Existe preparación, organización, cuidado personal, comunicación y, sobre todo, la decisión consciente de reservar una parte de mi vida para estar con otra persona.

Si en una experiencia participan varias personas, esa atención también debe repartirse entre todos los involucrados. Por eso, este tipo de propuestas requieren una valoración diferente y prefiero conocerlas con suficiente antelación para decidir si me siento cómoda con ellas y cómo podemos plantearlas.

No necesito que todo el mundo esté de acuerdo con el valor que doy a mi tiempo.

Pero sí necesito que quien quiera compartirlo conmigo lo respete.

Porque creo que las mejores experiencias comienzan precisamente ahí: cuando dos personas llegan al encuentro entendiendo que su tiempo, sus límites y sus deseos son igualmente valiosos.

Y entonces podemos dejar de hablar de condiciones.

Y empezar, simplemente, a descubrirnos.

1 comentario


UMZIP78
18 abr

Se lo que es perder a un animal que es como tu familia de acompaño en el sentimiento mucho ánimo 🥺😘

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