Cuando era niña

Cuando somos niñ@s, empezamos a vivir nuestra sexualidad sin ni siquiera saberlo, experimentando con nuestra desnudez con la curiosidad de averiguar cómo funciona nuestro cuerpo. Lo hacemos sin ningún tipo de tapujo ni intención sexual, si no con la intención curiosa de hacer nuevos descubrimientos, desde lo que demanda tu propio cuerpo en ese momento: emociones, sensaciones, instinto, percepción,… Aunque no seamos conscientes del porqué de las cosas, de alguna manera lo sentimos y nos dejamos llevar por esa intuición.


Cuando era niña, me encantaba jugar a mamás y a papás. Y es curioso, pero yo no jugaba a ello con niños, lo hacia con niñas (por lo que era un juego de mamás y mamás, ya que nunca nos asignamos el rol masculino). Nuestros juegos consistían en repetir lo que veíamos en los adultos,… queríamos ser como ellos.

A este juego, jugábamos sobretodo una amiga y yo. Nos metíamos desnudas bajo las sabanas y a oscuras, nos dábamos besos, nos acariciábamos,… Con ella, fue la primera vez que tuve contacto físico con otra persona desnuda. Era una experiencia diferente, algo nuevo. Recuerdo que tenía sensaciones que no llegaba a entender, cosa que encendía mucho mi curiosidad. Jugábamos como si se tratara de otro juego más, algo normal, pero al mismo tiempo, sabíamos que no podíamos jugar a ello frente a los adultos. En una ocasión nos pillaron, nos echaron la bronca a las dos, pero en mi caso también me castigaron, ya que mi amiga me culpó de haberla incitado a participar en ese juego. Nos dijeron que estábamos siendo unas niñas malas, inmorales e indecentes, al estar tocándonos y jugando desnudas.

Y es muy curioso, porque cuando llegaba el momento de asearnos, en ocasiones nos duchábamos juntas exponiendo nuestros cuerpos, nos enjabonábamos la una a la otra, pero claro, estábamos supervisadas por una persona adulta y la situación no era la misma. La desnudez y tocarse sólo estaba permitido en momentos puntuales y bajo estricta supervisión.


Volviendo a lo anterior, ante tal situación, me sentí muy culpable, avergonzada y triste porque no entendía que había de malo en lo que hacíamos. Me sentí juzgada. Ahora sé que aquella persona adulta me impuso sus miedos y sus prejuicios sin darme la oportunidad de vivir mis propias experiencias. Yo solo pretendía calmar mi curiosidad, jugar como cualquier niñ@, pero claro, en esta sociedad (y sobre todo años atrás) se trata la sexualidad con muchos prejuicios, sólo buena en privado y en limitadas ocasiones. Por eso evitamos hablarle a un niñ@ de sexualidad, porque “supuestamente” es un tema para el que no está preparad@ y le afecta “negativamente”.


No olvidemos que la sexualidad es muy amplia. Hay muchas formas positivas de transmitir a los infantes la información que necesitan sobre sus cuerpos y de su sexualidad en general, para que tengan una buena relación consigo mismos. Y es que, desde muy pequeños podemos aprender a sentir la sabiduría que hay en nosotros y a no temer las reacciones y los cambios que podamos sentir, para ser capaces de comprender de forma positiva nuestra sexualidad.

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